“Muchos años después,
frente al colofón del hostigamiento,
el paladín Arcediano Zaldívar
había de repudiar aquella trampa felona
en que su hambre lo llevó a saborear el cielo...”
Márquez no entiende por qué le resulta
familiar este texto escrito en la pared.
Su cadencia reverbera en el recuerdo
como una música que tamborileara
en el tiempo buscando un autor.
El tío Gabriel quizá pueda precisar su desazón.
Hasta ese momento, será mejor suponer que,
para variar, se está equivocando.
Porque ése es, en realidad,
su pasatiempo preferido.
Equivocarse.
Si no,
¿para qué sirve vivir?
Márquez nunca será un héroe.
Aunque sueñe terciopelos en sus noches,
esa pintada en la pared le garantiza un futuro:
tampoco serán suyas las palabras que aún no ha escrito.
Entre el número inabordable de combinaciones posibles,
entre el eco imperceptible de sinapsis conceptuales,
entre los billones de billones de textos equiposibles,
sabe que escribirá uno que ya fue escrito.
Sin mala fe.
Sin peor intención que la de gustar.
Y le maldecirán por ello.
Y tendrán razones fundadas.
Y Márquez, el tímido niño que apenas habla,
decide que no hará caso a su tío,
que sus compañeros tienen razón
y que mejor buscarse otro oficio.
Y
guarda
celosamente
las cuartillas
que narran
el delirio
de esa soledad
de tantos años
para que no tengan
una segunda
oportunidad
sobre la tierra.
Fernando Lorente
(De Acaso una luciérnaga)